Nos “Pillaron” saliendo de un motel

Nos “Pillaron” saliendo de un motel

Tengo un amigo desde hace 25 años, de nombre, Fosfeno Pinto, quien para más señas es un gran aficionado al tejo y como cosa rara, se entrenaba en el río lanzando piedras, contra el tronco de un árbol caído.  

Como una actividad complementaria, nos dedicábamos a vender casas, fincas, lotes y maquinaria, por comisión.

En una ocasión vimos un llamativo aviso de “SE VENDE” …, en una edificación muy grande, por la carretera que conduce de la vereda El Bagre al pueblo Malcocinado. Como íbamos muy rápido, nos pasamos del sitio y nos tocó devolvernos.

El aviso decía: SE VENDE ESTE MOTEL y más abajo indicaba un número celular.

Mi amigo conducía, entramos al lugar y nos atendió una señora más ‘flaaaca’ que perro de venezolano huyendo, quien muy amablemente y hablando sin parar, al estilo de un locutor comercial de Caracol, se sobrepasó en elogios de dicho establecimiento, argumentando que tenía habitaciones con baño, tina, máquina del amor, cama de agua, condones sensitivos, cremas lubricantes, servicio de restaurante y, por último, armario, por si nos gustaba clavar desde lo alto. Esa señora, disparando palabras como una ametralladora, nos preguntó si queríamos hospedarnos en el primero o en el segundo piso.

La señora no paraba de discursear sobre las bondades y servicios del motel y nosotros, hablando los tres al tiempo, tratábamos por todos los medios de hacerle entender que, no somos maricas y que estábamos interesados únicamente, en el aviso de venta de ese negocio. Cuando la señora, por fin paró su retahíla, le dijimos que NO íbamos de amorío, sino por el cartel, a lo que contestó muy campante: – “Me hubieran dicho desde el principio”, ¡ es que los noté muy arrechos ¡

– Llamen al número telefónico del aviso, que el dueño les da todos los datos del negocio, concluyó.

Como habíamos dejado el auto, parqueado a la entrada del motel, salimos con nuestras libretas de apuntes y una cámara con la que tomamos varias fotografías. Una de esas fotos se convirtió en “el cuerpo del delito”, – como veremos más adelante –.

Estábamos a punto de subirnos al carro, cuando pasó a toda velocidad una Toyota Fortuner de color rojo, cuyas placas no alcancé a distinguir.

El auto de mi esposa era muy parecido al que acababa de pasar como un ventarrón. A mí se me congeló la sangre, de solo pensar que mi mujer, bastante celosa, nos hubiera “pillado” equivocadamente, a mi amigo Pinto y yo, en ese momento tan comprometedor, saliendo de un motel. 

Llegamos al sur de la ciudad y nos despedimos, para ponernos manos a la obra, en la tarea de vender dicho establecimiento junto con otros que teníamos referenciados, llegué a mi casa a las siete de la noche, con algo de susto; mi mujer estaba recostada en el sofá, viendo televisión. Me saludó displicente y oliscándome recelosa, me interpeló muy cariñosa si me servía la comida, me preguntó con malicia, qué había hecho durante el día. Yo le respondí: – estuve volteando por ahí.

A lo que mi mujer, montando en cólera, me respondió: – ¿Y quién volteó a quién?, pues yo te vi saliendo de un motel, muy bien acompañado, como a las dos de la tarde y no precisamente con una mujer, sino con un negro gordo y barbado.

– ¡Mire malparido!, – me gritó –, ¡quiero el divorcio de inmediato!, ¡yo si pensaba que tanta insistencia pidiéndome a toda hora “las delicias del sur”, tenían su explicación en que tú eres un miserable gay!

Yo, pálido de la ira y avergonzado por su pensamiento torcido, no atinaba a defenderme. Entonces vino lo peor, me amenazó con contarle a nuestros dos hijos, de mi homosexualidad.

Ante semejante intimidación, le dije, – ¡ni se te ocurra decirles a los niños semejante cochinada! (ella de 14 y él de 15 años),

Mi mujer o, mejor dicho, mi exmujer, echaba babaza por la boca y no me dejaba hablar, yo estaba perturbado, con el cerebro entorpecido y las palabras no me salían, (Cómo deseaba en ese momento, un abogado superinteligente, como Abelardo de la Espriella, para que actuara en mi defensa).

Ella hablaba hasta por los codos, emitiendo toda clase de epítetos grotescos y yo continuaba callado, pues era tal mi confusión, que no atinaba a decir nada, se me bloqueó la lengua. La conclusión fue: “el que calla otorga” y yo quedé hecho un guiñapo.

Cinco días después estábamos frente a un juez, con su abogado, mi frente en alto y mi conducta arrastrada por el suelo.

Ante la pregunta del togado sobre mi “supuesto pecado”, saliendo de un motel con mi amigo, me negué rotundamente a aceptar esa falacia y, a manera de venganza, argumenté que, mi mujer era frígida en la cama y no sabía hacer el amor. Tres días después en una nueva cita con el juez, la hembra llevó siete testigos hombres que me desmintieron y manifestaron con ademanes obscenos, la excelente amante que ella era “voliando catre”.

En ese momento, ante la autoridad, mi esposa quedó como una meretriz, pero, así y todo, el juez le cedió la razón y concluyó que mi hembra lo hacía por vengarse de mi sodomía.

Para acabar de completar, el juez me mostro como prueba contundente, una selfi, que yo inocentemente tomé, donde salimos mi amigo y yo, con la mano en el hombro y el motel de fondo, foto que mi mujer, no sé cómo extrajo de mi cámara y mandó revelar.

Colofón: A una mujer es muy difícil convencerla de algo, así uno no sea culpable y tenga toda la razón. “Mi casta esposa indignada” hacía rato que “comía longaniza por metros” y yo no me daba cuenta. Entonces…

¡nos divorciamos!

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Carolina parra
1 Año Después

Divertido y entretenido blog 😄

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