Billete en rama

Billete en rama

Por: Helí Jurado Sierra.

Este artículo es totalmente verídico, sobre un hecho sucedido en Cali, sólo que se le cambió el nombre al supuesto comprador, pero tranquilos, que vivos y estafadores hay en todas partes, no solo en Pasto.

Eran épocas remotas, en que no habían aparecido los celulares ni las computadoras. Yo me dedicaba al brokeraje, o sea, a las ventas por comisión: Si alguien tenía una máquina, yo me encargaba de conseguirle un comprador y el dueño del bien me pagaba una comisión del cuatro por ciento (4%), cuando el negocio llegara a feliz término.

Decidí incursionar en el comercio de las tractomulas, ya que la oferta era grande y según algunos expertos, pagaban excelentes comisiones.

Lo primero que hice fue ir a una distribuidora de periódicos a gastar un montón de plata, comprando los diarios: El Tiempo de Bogotá, El País de Cali, El Colombiano de Medellín, el Heraldo de Barranquilla, La Tarde de Pereira, La Patria de Manizales y la Vanguardia de Bucaramanga, para documentarme en los Avisos Clasificados de dichos periódicos y enterarme de los múltiples negocios que oferta y demanda cada ciudad.

(¡Cómo nos cambia la vida!, al día de hoy es muy fácil, no es sino buscar dichos diarios en Google y salen gratis, sin derramar ni una gota de esfuerzo).

Encontré un clasificado muy interesante, de un señor de Pasto, (Capital de Nariño en Colombia) que, necesitaba un tractocamión. El aviso decía: “Eleuterio Cagoasango necesita urgente tractomula buena, funcionando, pago de contado…” y añadía el número de un teléfono fijo. Afortunadamente yo tenía entre los proveedores de Cali al propietario de un Mack, con esas características.

Me emocioné, me froté las manos y me dije, – ya me llegó el primer negocio, ¡Bendito sea DIOS!

Fui donde el dueño del “Maco”, que así le decían a ese tipo de tractomulas, hablé con él y quedamos en que, si le ayudaba a vender dicha máquina, cuyo costo era de $80’000.000,oo, me pagaba el cinco por ciento, cifra que ascendía a la apetecible suma de $ 4’000.000,oo, (Cuatro millones de pesos). Su aparato, modelo 1985 tenía un motor Cummins Big Cam 350 y era estacas.

Desde el teléfono fijo de mi casa llamé rápido al pastuso, quien prácticamente me puso en confesión, por la gran cantidad de preguntas que me hizo, pues averiguó hasta de qué mal me iba a morir y me dijo que le enviara por correo las fotografías, junto con todas las especificaciones técnicas del vehículo.

Así lo hice muy diligente, incluso, le envié todos los datos en un sobre de papel manila con varias fotos, envío que me resultó bastante costoso, pues en esa época las cámaras fotográficas no eran digitales y había que mandar a revelar el rollo e imprimir las fotografías.

A la semana exacta me llamó don Cagoasango, para concretar una visita a la ciudad de Cali, con el objeto de comprar la tractomula. Añadiendo de forma muy seria: “Yo no soy de andar con ‘rrrrodeos,’ conmigo las cosas son: “Dos tragos de caldo y mano a la presa” y remató diciendo: “Yo les llevo el billete en rrrrama” (dando a entender que traía todo el dinero para pagar en efectivo).

A los tres días me llamó don Cagoasango para informarme que ya venía en camino, ahí mismo le comuniqué al dueño de la tractomula, quien se puso muy contento, ya que necesitaba venderla para pagar una operación de su señora madre y saldar unas deudas.

Efectivamente llegó el pastusito con aire montuno, recién desempacado del frío Pasto en el caliente Cali; no viajó en carro propio, se había venido en Transipiales, habiéndose ‘mamado’ catorce horas de recorrido por carretera (Ese detalle nos dio mala espina al vendedor y a mi).

Era bien chistoso su hablar peculiar, arrastrando las erres, diciendo palabras como “achichucas”, para expresar calor y repitiendo a menudo la palabra “pues”.

Lo recibí en mi casa con una deliciosa taza de:  

Adornada con tres pandebonos, de los que no dejó ni el olor.

Nos dirigimos a Sameco, donde estaba parqueado el automotor. Lo miró con el hambre de quien ve una muchacha bien bonita por vez primera, auscultando cada detalle, yo diría que el hombre la oliscaba, la medía, la calibraba y la sentía como suya.

De allí nos dirigimos a las oficinas de Tránsito en el barrio Salomia y averiguamos todo lo concerniente al Sin Pendientes, impuestos, multas y todo lo relacionado con los papeles del automotor. Se chequeó que estaba “al día”, entonces el pastuso dijo: – Vamos a probarla por terreno plano a ver qué tal anda, pero antes quisiera comerme unos “pandebonitos”.  El propietario le compró una bolsa de pandebonos calientitos y una botella de whisky Buchanan’s, de 750 Ml., (que a mí me fascina) y brindamos por el éxito de la operación. Yo nunca había comido pandebono con whisky, pero la verdad, sabía rico.

El pastuso la manejaba, con gran propiedad y la probaba, en los doce cambios que tiene ese ‘animal’ de veintidós llantas, la ‘carreriaba’ muy sabrosito, testeándole todas sus relaciones, el freno, los amortiguadores, la aceleración y muy concentrado en los sonidos que hace un aparato que funciona bien.

Cuando llegamos al pueblo vecino de Jamundí, el dueño de la tractomula, muy contento, pensando en la efectividad del negocio, nos invitó a comer una deliciosa carne asada en un restaurante típico.

Entonces el pastuso dijo, refiriéndose al vehículo: – ‘Esta muñeca’ ya prácticamente es mía, ahora vamos a probarla en la loma a ver qué tal trepa y nos fuimos por Terrón Colorado, que es un sitio bien escarpado, hacia Buenaventura. El pastuso manejaba con la pericia de un viejo camionero. Cuando llegamos al peaje de Loboguerrero, nos devolvimos hacia Cali y en un bar terminamos de tomarnos la de Buchanan’s, entonces el hombrecito comprador dijo estas palabras mágicas: – ¡El ‘juguete’ es mío, está excelente!, pero añadió esta pregunta maquiavélica: ¿Cómo es el sistema de crédito? Ante esa difícil y ofensiva pregunta, el dueño de la tractomula me miró con aire de desconfianza y botando espuma por la boca, adujo: ¿Luego usted no me dijo que este cabrón traía la plata en rama?

En ese mismo momento el pastuso dijo: ¡tranquilos muchachos! y metiendo la mano en su jíquera larga, tejida en algodón, esculcaba como buscando la plata, yo me calmé, pensando que ya iba a sacar el billete, pero, después de desenterrar un poco de papeles espachurrados, extrajo del fondo un cheque todo sucio y arrugado, por valor de diez millones, el cual tenía tres endosos y el hombre concluyó muy tranquilo: – yo les voy pagando por mensualidades y les piso el negocio con los diez millones de este cheque.

Entonces sucedió lo más terrorífico, el dueño del camión sacó de entre la pretina del pantalón una pistola Pietro Beretta y después de tumbarle dos dientes al pastuso con el fierro, me apuntó a mí, diciendo: – ¡Par de malparidos y… ¿es que piensan que yo estoy en promoción!?

Yo casi me le arrodillo al rabioso vendedor y le dije que no me fuera a disparar, que yo no era sabedor ni responsable de la conducta de ese pastuso a quien nunca había visto antes. Acto seguido, el propietario del vehículo arrancó en su mula, rechinando las llantas, con su cólera alborotada.

Desde ese preciso momento renuncié a la venta de automotores y me dediqué a escribir, que es menos peligroso.

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