MI PADRE SUPO QUE YO ESTUVE PRESO. ¡Qué vergüenza!

MI PADRE SUPO QUE YO ESTUVE PRESO. ¡Qué vergüenza!

Por: HELÍ JURADO SIERRA

Corría el año de 1971, tenía 19 años, vivía solo en la capital, no tenía dinero y subsistía de trabajos precarios que me resultaban esporádicamente. Estudiaba arquitectura como asistente en la Universidad La Gran Colombia de Bogotá. Mis padres y mis cinco hermanos vivían en un pueblo del Quindío, donde terminé mi bachillerato, en esa época era muy disciplinado, me dedicaba al estudio, la lectura, el fútbol y el ping-pong, donde era imbatible. Estaba estructurado como un deportista consumado, tanto que, a los 15 años ya era portero de las Reservas del Quindío, pero mi padre detestaba el fútbol, porque había leído, no sé en dónde carajos, que el fútbol y los actores estaban llenos de prostitutos homosexuales. En conclusión, a mi padre no le gustaba el fútbol y me prohibía rotundamente asistir a los entrenamientos o a los partidos, creo que por miedo a que me ‘mariquiara’. Por tal razón me tocaba volarme a escondidas, con la disculpa de ir a la biblioteca o pedirle permiso para ir con otros alumnos para una tarea en grupo, (tarea secreta con balón, guayos y pantaloneta, llamada partido) Para esas calendas tenía una novia seis años mayor que yo, de nombre Tarrek Ulona, (siempre he pensado que “gallina vieja da buen caldo”), a la que le hacía el amor estilo UNAD, es decir a distancia, sólo con el pensamiento, apoyado por “Manuela”, ya que las visitas eran cada ocho días y supervisadas por una suegra más metida que calzoncillo de torero, sentada al frente, a dos metros de nosotros, con las orejas como antenas.

Yo era un muchacho muy respetuoso, pero mi suegro me había amenazado con que, si llegaba a preñarle la hija, me picaba a machete y me echaba a los marranos. Así que, por físico miedo, decidí dejarla y marcharme a Bogotá, quedando ambos “viendo un chispero”, sin poder comernos los dulces.

Después de un largo tiempo, tuve la fortuna de conseguir un trabajo como oficinista en el Ministerio de Hacienda y con los ahorros de seis meses, decidí ir a visitar a mi familia un fin de semana, para llevarles algunos regalos, pues ya tenía ocho años de no verlos.

Cuando llegué a mi casa, mi padre me recibió de mala gana, más osco de lo que era y me preguntó:

– ¿Qué estás haciendo en Bogotá? Yo le contesté, en presencia de mi madre, quien también me miraba con suspicacia, que estaba trabajando, – gracias a Dios-, en el Ministerio Hacienda y Crédito Público, ubicado en la Carrera 8ª con calle 6ª, a espaldas del Palacio de Nariño, y que estaba muy contento. Mis progenitores se miraron entre sí, como recelosos de la respuesta, y mi padre me ripostó: – ¿No será que estás robando o cometiendo atracos? Ante esa pregunta ofensiva, decidí no pararle bolas, ya que sabía lo estricto, desconfiado, y chapado a la antigua que era. Para frenarlo en seco y desatender sus improperios, me reí burlonamente. Entonces mi padre me contestó: Encima de todo te ríes, ¡cínico!

Esa patraña quedó ahí, me fui a dar una vuelta por el pueblo y me alisté para regresar en bus, a la capital de la república, donde me esperaba mi dichoso puesto de revisor de documentos en Min hacienda.

Los fines de semana jugaba al fútbol con la selección del Ministerio, llegando a ser campeones Interentidades. Recuerdo especialmente un partido en el Nemesio Camacho El Campin, preliminar del clásico Millos- Santafé, con lleno hasta las banderas, en el que además de ganar el campeonato, atajé un penalti, ¡fue fenomenal!

Transcurrió mucho tiempo y mi padre murió de viejo a los 85 años. Mi familia se había diseminado por distintas ciudades y mi madre se trasladó a vivir a Cali. Me tocó venir a vivir con ella, para ayudarla, debido a que estaba sola y con algunos quebrantos de salud. En una ocasión, luego de un delicioso almuerzo, hablamos con mi madre muy animosos sobre mi estadía en Bogotá. Ella, con picardía y mirada inquisidora, me contó que hacía como 15 años, estuvo de visita en casa de mis padres, el hermano de mi exnovia y les dijo muy serio y con cara de preocupación que yo estaba preso en la cárcel Nacional Modelo, por haber cometido un atraco, pero que ¡tranquilos!, que como él estaba en último año de derecho, me iba a defender y a sacar de la cárcel; que necesitaba con urgencia un dinero, para hacer las vueltas del juzgado y para llevarme comida y ropa. En conclusión, mis padres muy confundidos y llorando, le dieron al malvado hermano de mi exnovia, trescientos mil pesos, que para esa época eran un dineral. En aquellos tiempos no existía el celular y sólo los grandes negocios tenían teléfono fijo. Las comunicaciones eran a través de Telecom, por telegrama y por cartas que se demoraban hasta seis meses en llegar a su destino.

Yo me quedé pasmado ante la historia de mi madre y le dije: ¡Madre querida, te juro por Dios Santo que nunca en mi vida he estado preso, y siempre he vivido con total honradez y rectitud!

Ese infame excuñado mío, supe después, que era un estafador de siete suelas, que se iba desde Bogotá al pueblo a decirle a por lo menos a diez progenitores, que sus hijos estaban presos, para angustiarlos y sonsacarles dinero. El maldito vivía de la estafa, ese malandrín que no terminó el bachillerato y tampoco pisó una universidad, vivía engañando a muchos padres en algunos municipios del Quindío, haciéndoles empeñar sus cosas, para “socorrer” a sus presuntos hijos encarcelados.

Dice un adagio que “a todo marrano le llega su nochebuena”, y precisamente en una navidad, me llegó el deleite del desquite: En un diciembre que viajé a la capital, me lo encontré en un parque retozando con su mujer, que era la cómplice encargada de reforzar su cochina historia y le reclamé airadamente, ya que mi padre se murió pensando que yo era un delincuente. El hombrecito se puso más pálido que Drácula y me negó rotundamente el hecho. En medio de mi ira desbordada, cogí un cuchillo de un vendedor de plátanos que estaba cerca y, amenazándolo con el arma, (que no era corto punzante), era un cuchillo ‘mataganao’, que daba pánico, le dije:  

– ¡Mire malparido!: puñalada que no le guste se la voy a cambiar por dos y sin darle respiro, al estilo de Conor McGregor, campeón de Artes Marciales Mixtas, lo cogí a física pata y puño. Le di una tremenda paliza, en nombre de mi papá y de todos los padres de familia a los que les había sonsacado dinero con la misma pútrida historia. Solo vine a parar mi feroz arremetida, cuando él y su mujer me pidieron perdón, diciendo que me devolvían el dinero. Yo les dije y ¿Quién me devuelve mi honra con mi padre ya fallecido?  El colofón de esta historia es que, como padres, jamás den crédito a historias en contra de sus hijos, hasta no corroborar la verdad.   

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Carolina parra
1 Año Después

El artículo nos lleva a reflexionar sobre la importancia de escuchar a nuestros hijos ya que es fundamental para su desarrollo emocional y social, si el papá hubiera apoyado a su hijo en su carrera futbolística quizás hubiera logrado ser un gran profesional en este deporte.

Fabiola
1 Año Después

El artículo es bien interesante, porque narra una historia que cotidianamente pasará en el mundo entero
El escritor según mi análisis lo que pretende es dejar una enseñanza a los padres con respecto al comportamiento de los hijos

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